miercoles, 22 de septiembre de 2021

>SOCIOLOGIA JURÍDICA CRITICA


6.11.2013

La antropología jurídica como instrumento para replantear los fundamentos del pensamiento jurídico occidental


Licenciada en derecho por la Escuela Libre de Derecho de la ciudad de México, maestra y doctora por el Laboratorio de Antropología Jurídica de París (LAJP) de la Universidad París 1, Panteón-Sorbona.
(Licenciada en derecho por la Escuela Libre de Derecho de la ciudad de México, maestra y doctora por el Laboratorio de Antropología Jurídica de París (LAJP) de la Universidad París 1, Panteón-Sorbona.)
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 El objetivo de este texto es compartir algunas de las reflexiones que se han presentado en mis investigaciones y que se relacionan con el rescate del fundamento cultural de toda manifestación jurídica en un momento en el que todavía parece imperar un concepto de derecho universal, a histórico, intemporal y aplicable a todos los pueblos por igual.
El tema nos parece sugerente en la medida en que la Diversidad Cultural es un hecho cada vez más presente en la configuración de las sociedades actuales.
En un primer tiempo abordaré rápidamente algunos de los elementos característicos del derecho occidental moderno que constituye el referente jurídico más ampliamente difundido y que de
hecho se erige como referente universal para posteriormente, situarlo en su matriz cultural y contrastarlo con otros modelos jurídicos provenientes de universos culturales diferentes. En un
tercer tiempo abordaré la coexistencia de diferentes modelos de pensamiento jurídico situación característica de las sociedades complejas actuales tomando como ejemplo las prácticas jurídicas
de un par de comunidades indígenas en Chiapas.

I El pensamiento jurídico occidental “moderno”

El pensamiento jurídico occidental moderno es el más extendido, por lo menos de manera formal, incluso en universos jurídicos no occidentales, eso se debe entre otras cosas a fenómenos como el
de la colonización, a principios como el de la transferencia de desarrollo y actualmente a los valores jurídicos que difunden las potencias occidentales y las organizaciones internacionales, 
todo ello ha generado múltiples formas de aculturación jurídica.
Jurídicamente hablando, la época “moderna” corresponde a la época de las codificaciones, especialmente la del Código de Napoleón en 1804. El derecho “moderno” se construye sobre los
principios filosóficos del racionalismo y de la Ilustración. Se trata de un derecho susceptible de un conocimiento universal ya que se pretendía que los principios que lo dictaban estaban “inscritos en el corazón de todos los hombres” y podían ser develados gracias a las luces naturales de la razón. La codificación es la consecuencia última y principal del racionalismo jurídico. Los códigos aparecen como universos jurídicos; es decir, como un derecho acabado que
prevé todas las hipótesis. Se presenta entonces como el instrumento más adecuado para la unificación del Estado, “Un Estado, un Derecho”, y la erradicación de localismos jurídicos. La
ley compuesta de normas generales, abstractas, impersonales y obligatorias, aparecía como la garantía suprema contra la arbitrariedad.

Dos siglos después, el mismo pensamiento que nutrió a las codificaciones racionalistas parece seguir vigente, el sistema jurídico que de allí se deriva sigue siendo celosamente aplicado por las estructuras estatales que actualmente dominan el paisaje de la organización política, así como por las “fuerzas dominantes” de la comunidad internacional.

Existen presupuestos comunes que caracterizan al derecho occidental “moderno” más allá de las particularidades que éste adopta según el Estado del que se trate, algunos de ellos son:
- La concepción de una esfera jurídica separada de los demás ámbitos de la vida social
- La relación indisoluble entre el derecho y el Estado
- La igualdad de las personas ante la ley basada en una concepción individualista e intercambiable de las mismas
- El consenso creador de la ley a través de la figura de la voluntad general.
Estas constituyen, como lo abordaremos más adelante, ficciones jurídicas que no se entienden
fuera de la matriz cultural que les da sentido.

II De las culturas a las culturas jurídicas

En efecto, la cultura se puede entender en un sentido muy amplio como la cosmogonía, la visión del mundo de un pueblo y en ese sentido cultura y derecho tienen una relación indisoluble. Agustí
Nicolau y Robert Vachon abordan el tema de la imbricación entre el derecho y la cultura, de la manera siguiente:
“En el ámbito de las ciencias sociales se considera generalmente a la cultura como una dimensión de la realidad humana entre otras. Se habla entonces de la política, de lo jurídico, de lo social, de la
educación, de la religión, de la ciencia,… y de la cultura, sin saber demasiado bien lo que representa, tan pronto se hace referencia al folclor, como al arte, como a las creencias y sistemas de valores,
justificados en sí mismos y sin una relación directa con los otros ámbitos de la realidad. La cultura, es en el mejor de los casos, sinónimo de identidad cultural, comprendida como el conjunto de
recuerdos, símbolos, sueños, creencias, valores, pasiones, comportamientos, sensibilidades…, que constituyen la esencia del ser. Pero aun en este caso, se pretende que esa identidad cultural de hecho no influye sustancialmente en lo político, económico, social, educativo, jurídico, científico…, dimensiones que estarían guiadas por una pretendida identidad universal. A lo más se aceptará que la identidad cultural tenga una influencia en el ámbito del folclor, de las artes, de las relaciones humanas, pero no más.
Pero de hecho no existe acto político, económico, jurídico, educativo, científico, tecnológico, artístico…, que no sea cultural, es decir, inscrito en una matriz o contexto englobante de una cultura
particular y concreta. (…).
En última instancia la cultura es el conjunto de creencias, instituciones y prácticas por las que un pueblo o sociedad afirma su presencia en el mundo en un momento dado del espacio y del tiempo.
Toda cultura reposa en un mito englobante, comprendido como aquello en lo cual se cree sin ser conscientes que se cree en ello, pero que impregna toda la cultura construyendo su alma profunda.
En esta orientación de recentramiento cultural de las ciencias sociales, podemos afirmar que toda sociedad ha desarrollado una cultura jurídica particular, de acuerdo con el mito profundo que le es
propio y en interacción directa con las otras dimensiones de su realidad particular que no puede ser comprendida ni juzgada a partir del mito de otra cultura. (…)” (Nicolau y Vachon, 1996: 268-269)
Dichas reflexiones se sitúan en la misma línea de pensamiento de Michel Alliot, para quien, el que aspire a comprender la forma y el sentido de las instituciones jurídicas de una sociedad deberá relacionarlas, no con las instituciones de su propia sociedad, sino con el universo de la sociedad misma en donde las observa. (Alliot, 1983: 91) “Dime cómo piensas el mundo y te diré cómo piensas el derecho” reza su célebre aforismo. Michel Alliot, fundador del laboratorio de antropología jurídica de la Universidad Paris 1, Panteón Sorbona, identifica tres modelos de concepción del mundo y por ende del derecho. Se refiere a tres arquetipos jurídicos.

 El arquetipo jurídico de sumisión

Con el arquetipo jurídico de sumisión, Michel Alliot identifica a las culturas que emergen de las tres grandes religiones monoteístas. El creador es único, eterno y externo a su creación. En este universo, el mundo se encuentra en la total dependencia del creador que lo creó y que le impuso sus leyes, lejos de gobernarse espontáneamente, se encuentra regido desde el exterior. La
coherencia del mundo se funda en leyes universales que son impuestas por Dios. Es interesante notar cómo en el occidente cristiano contemporáneo, el Estado, es el avatar secularizado del dios creador que a través de sus leyes asegura la coherencia social. En el pensamiento jurídico moderno, especialmente el de filiación romano-germánica, al dar un lugar central al Estado y al
derecho estatal, se reproduce una versión racionalizada y laica del arquetipo de sumisión. La sociedad se ve como un conjunto de individuos, cada uno goza de la misma plenitud en su existencia jurídica sin que las funciones o responsabilidades de cada uno estén diferenciadas. El Estado, a imagen del Dios creador, único y exterior a sus ciudadanos, es el que les permite vivir
otorgándoles la existencia jurídica y los derechos a través de los cuales pueden actuar. La contraparte es la sumisión a las leyes y reglamentos generales e impersonales del Estado. No es posible imaginar un derecho fuera del Estado y de su legislación uniforme. Los grupos diversificados del referente dominante son percibidos como obstáculo o amenaza al monopolio del Estado. El derecho se caracteriza por el imperio de la ley que le es impuesta a los hombres desde el exterior, por ello la conciliación y la equidad no tienen más que un rol subsidiario frente a la cabal aplicación de la ley. El hombre ni es enteramente responsable de la regulación continua de la sociedad, ni es llamado a autogobernarse desde el interior para ser digno de su lugar en el universo, lo único que se espera de él, en términos generales, es que obedezca la ley.

El arquetipo jurídico de diferenciación

El arquetipo jurídico de diferenciación tiene otras características, Michel Alliot asocia este arquetipo al universo negro africano. En las cosmogonías identificadas con este arquetipo, antes de la creación reinaba el caos, un caos que no implica la nada ya que contiene todo el futuro en potencia: tanto a la creación, como al creador. En su seno se distingue el dios primordial y una diversidad de divinidades que son poderes del mismo dios primordial que se diferencian entre sí, por lo regular en dúos complementarios. Del caos, las divinidades, sustraen el mundo visible y posteriormente al hombre, por lo regular después de ensayos fallidos. Imposible no hacer el acercamiento con la cosmogonía maya que nos habla de la creación sucesiva de los hombres de barro, de madera y finalmente de maíz.
Así se explica la presencia simultánea en el mundo y en el hombre, del orden y del desorden, del bien y del mal, de lo justo y lo injusto, siendo el caos el fundamento del ser, la estabilidad no se 
da más que en la medida en que las fuerzas del orden imperen sobre las fuerzas del desorden. El universo está pues, siempre en peligro. En este ambiente de incertidumbre, el hombre juega un
papel fundamental, por medio de sus rituales incide en el mundo de lo invisible para que triunfe el orden, es un actor determinante para asegurar el frágil equilibrio de la creación. El mundo “invisible” de los ancestros y divinidades no se encuentra diferenciado del mundo “visible” de los hombres, interactúan de manera constante y recíproca. Los hombres con sus rituales influyen en el mundo de lo “invisible” y a su vez las divinidades y los ancestros inciden en el mundo de los hombres “protegiéndolos”, “premiándolos” o “castigándolos”. Aunque Michel Alliot no hace una referencia directa en su clasificación a la cosmología mesoamericana hay un sinnúmero de similitudes como para poder situarla dentro de este arquetipo de diferenciación.
Traducido a la vida en sociedad, dicha visión genera un sentido de responsabilidad frente a sí mismo, frente al grupo, frente al universo y no sólo en el presente sino tratando también de asegurar el futuro, se busca mantener una cierta armonía en la regulación de la vida en sociedad.
La vida jurídica en dichas sociedades se encuentra determinada por la interdependencia entre los hombres y por ese sentimiento de gran responsabilidad frente a la conservación de la armonía.
Así se explica la incesante generación de alianzas entre los elementos concurrentes de la sociedad 5para garantizar la cohesión social y la importancia de la conciliación en la solución de todo tipo
de conflictos. (Alliot, 1983: 95-98)

El arquetipo jurídico de identificación

El arquetipo jurídico de identificación constituye el tercer modelo tipo del que habla Alliot, con este arquetipo identifica al pensamiento oriental, chino principalmente. Se concibe un mundo
infinito en el tiempo y en su pluralidad, que se hace y se deshace sin cesar. Se trata de un mundo que en su unidad combina a los contrarios sin dejarlos excluirse mutuamente. Abordar la materia
sin el espíritu, el bien sin el mal, lo racional sin lo sensible, el ying sin el yang implica empobrecer una realidad que en esos términos carecería de sentido (a diferencia del arquetipo de sumisión en el que los contrarios se excluyen) En su dinamismo, el mundo no parece estar gobernado por ninguna ley impuesta desde el exterior, sino que se regula espontáneamente a sí mismo. El individuo debe hacer lo mismo a fin de adecuar lo humano al orden cósmico, el
hombre debe seguir espontáneamente su camino haciéndose así parte de la armonía cósmica.(Eberhard, 2002: 273)

Confucio, cuya doctrina influye a la sociedad china durante más de dos mil años, sitúa a la educación, el ejemplo y los ejercicios rituales, en la base de un perfeccionamiento individual en
el que la coerción no tiene utilidad alguna. La escuela neoconfucionista considera que el gobierno se debe ejercer por la educación y no por la ley, de manera que la cohesión social no sea obtenida por la fuerza sino espontáneamente (Escuela de Zhu Xi del siglo XII) Incluso en la China marxista que se reveló contra el confucionismo y que exaltó a la ley como instrumento revolucionario, se afirmaba al mismo tiempo que el gobierno de las leyes no era sino una etapa provisional antes del advenimiento de una sociedad perfecta: la sociedad sin leyes. Pero tal concepción, nos dice Michel Alliot, es más exigente de lo que pudiera pensarse ya que el modelo al que la sociedad debe conformarse no es sólo el de un universo que se regula espontáneamente sino de un universo perfectamente ordenado y el individuo en una preocupación permanente de equilibrio, debe adecuar su actuación a ese orden perfecto para justificar su existencia. (Alliot, 1983: 92-94)-

Estos tres arquetipos, proponen tres actitudes diferentes cuyo efecto sobre el consenso fundador del derecho es considerable y se manifiesta, en términos generales con la imposición, la
negociación o la aceptación del sistema. Este magistral y muy interesante análisis de Michel Alliot, de modelos-tipo de representación del derecho en diferentes universos culturales, nos
parece de suma relevancia en dos sentidos. En primer lugar, nos recuerda que una concepción aparentemente no religiosa, laica, de la organización de la sociedad, como es la que se tiene en
occidente, encierra en el fondo una profunda influencia de la mitología judeocristiana. En segundo lugar nos proporciona elementos que ponen en un mismo nivel analítico a las diferentes
tradiciones jurídicas situando a cada una en su matriz cultural y permitiendo un acercamiento menos etnocéntrico de los fenómenos jurídicos.

Esta es una primera etapa en el análisis que hay que trascender ya que los modelos no se pueden esencializar a la luz de una complejidad como la que se observa en las sociedades actuales.
Muchas de las vertientes de la antropología jurídica ponen actualmente el acento en el carácter complejo y dinámico del fenómeno jurídico. Étienne Le Roy, por ejemplo, discípulo de Michel
Alliot y actual director del Laboratorio de antropología jurídica de Paris, destaca que las tres formas típicas de los arquetipos de Michel Alliot - del ordenamiento impuesto del arquetipo de sumisión, del ordenamiento negociado del arquetipo de diferenciación, del ordenamiento aceptado del arquetipo de identificación – se encuentran presentes en los diferentes universos culturales y constituyen tres fundamentos diferentes del derecho que coexisten aunque siempre sea uno el que prevalezca. (Le Roy, 1999: 189-203)

III Antropología jurídica y pluralismo

El estudio de las culturas jurídicas no occidentales implica un verdadero desafío metodológico ya que los demás universos culturales no comparten las mismas ficciones jurídicas. Numerosos son los universos culturales que no conocen conceptos como el de “derecho”, “estado” o “ley” y sin embargo tienen sus propias formas de organizarse en aras de asegurar la continuidad de la vida en
sociedad. “(…) vemos cómo en la cultura hindú, el equivalente de derecho sería el swadharma (Panikkar 1982), y en la cultura autóctona norteamericana de los Hau-de-no-sau-nee (Confederación Iroquesa), el equivalente de la ley se denomina en sus lenguas paz cósmica. En estos dos casos, como en muchos
otros, los “títulos” y “derechos” son definidos teocosmocéntricamente y les parece inconcebible que lo puedan ser desde una óptica antropocéntrica, y menos aún que lo sean en un Estado-nación soberano, es decir, compuesto de individuos soberanos. Esto nos muestra que nuestros modos respectivos de inteligibilidad son radicalmente distintos.” (Nicolau y Vachon, 1996:271-272)

Es importante mencionar que ese precisamente constituye el campo de estudio de la antropología jurídica, el estudio del fenómeno jurídico en universos culturales diferentes y del fenómeno
jurídico en la práctica de los actores, para la antropología jurídica es fundamental lo que revela la práctica de los actores, por ello los trabajos de campo son herramientas metodológicas indispensables, así como el tratar de entender la lógica subyacente en las prácticas jurídicas con respecto del contexto socio cultural en el que se manifiestan. Aquí se establece la diferencia con el campo del Derecho Comparado, por ejemplo, que estudia las particularidades y evolución de los sistemas jurídicos pertenecientes a una misma matriz cultural que es la de la tradición occidental, partiendo del derecho romano y de su evolución en las diferentes ramas romano
germánicas y anglosajonas.
En el estudio de los fenómenos jurídicos resulta necesario atender a las características del universo cultural que subyace a las prácticas y al pensamiento jurídico. Otro elemento que caracteriza la configuración de los fenómenos jurídicos en las sociedades actuales, es la coexistencia de referentes jurídicos pertenecientes a diferentes universos culturales en un mismo espacio, es lo que se denomina pluralismo jurídico.

En el caso de México, los fenómenos jurídicos ligados a la población indígena aportan una gran riqueza en el estudio de la coexistencia de arquetipos jurídicos diversos y aportan también la mayor fuente de cuestionamiento a las pretensiones universalistas de nuestras actuales concepciones del derecho.
En 1999 fueron creados por el gobierno del entonces gobernador Albores Guillén, los Juzgados de Paz y Conciliación Indígena en el Estado de Chiapas, se trata de una instancia del poder judicial del Estado de Chiapas, en este caso, cuyo funcionamiento está reglamentado por el Código de procedimientos civiles del Estado y por la ley orgánica del poder judicial pero que en la práctica se rige por principios que poco tienen que ver con el derecho positivo mexicano.
Un elemento que consideramos central en el análisis es el de la oralidad jurídica, no como el principio de oralidad que se puede presentar tanto en el derecho de filiación romano germánico
como en el derecho anglosajón, se trata de una oralidad jurídica inmersa en el marco más amplio de la tradición oral vigente en estas sociedades y en el que se destaca igualmente el papel
predominante de la conciliación.
En efecto, todo asunto debe arreglarse mediante la conciliación, así sea una violación, un homicidio, un conflicto conyugal o el robo de una gallina. La conciliación es el elemento fundamental en la solución del conflicto, no como un medio entre otros para resolverlo, como lo entiende el derecho positivo mexicano, sino como un fin en sí mismo. (Sierra, 1988: 47-51)
En la cosmogonía tzotzil por ejemplo, un conflicto, en el mundo de lo “visible” tiene repercusiones más importantes en el mundo de lo “invisible”. La única vía para recuperar la armonía perdida, consideran, es el restablecimiento de la cordialidad en la relación entre las partes en discordia. Tanto la responsabilidad en el conflicto como en su resolución incumben a las dos partes y no a una de ellas en particular. La concepción de la justicia reviste otro sentido,
no se entiende como aquella que se deba aplicar en favor de un individuo y en detrimento de otro sino como la armonía o cordialidad que debe restablecerse en las relaciones de las partes y en el
seno de una comunidad. La solución al conflicto es legítima no porque sea impuesta por una autoridad sino porque es el resultado de la negociación entre todos los actores concernidos con el fin de restablecer los lazos de sociabilidad, su papel es el de escuchar a las partes y ayudarlas a encontrar una solución, siendo la solución al conflicto tan privada como el conflicto mismo. (Collier, 1995: 41)

Volviendo al tema de la oralidad, destacaré solo algunos aspectos. La oralidad jurídica comprende una serie de etapas que constituyen una rítmica en la argumentación de las partes y de las autoridades (teoría, crisis y catarsis) para llegar a la solución del conflicto. En este caso, el repertorio normativo deriva principalmente de modelos de conducta y de comportamiento, no se presenta como las normas jurídicas que ya tienen su contenido jurídico preestablecido, ya que el contenido jurídico vinculatorio de la norma se va configurando con la situación particular y con los encadenamientos discursivos. En el procedimiento mismo opera la juridización de los hechos sociales.
La particularidad de la oralidad jurídica consiste en poner en un nivel de igualdad normas que en el derecho occidental se distinguen, y tenemos que preceptos morales, modelos de conducta, códigos de cortesía o reglas sociales, forman parte del mismo repertorio normativo que las normas jurídicas del derecho de estado, garantías individuales, derechos humanos etc. Sin jerarquía preestablecida.
También es necesario destacar que dentro de este contexto de tradición oral, los gestos y ritos son de suma importancia y constituyen elementos jurídicamente vinculatorios, para las partes y para las autoridades.
Aunque formalmente existan elementos de la justicia estatal como los locales del Juzgado de Paz y Conciliación Indígena, la redacción de un acta conciliatoria al final de la audiencia, e incluso en la argumentación la invocación de principios jurídicos del derecho positivo mexicano, ni la tradición escrita de la sociedad mestiza, ni el arquetipo jurídico de sumisión del derecho positivo
mexicano imperan en las comunidades que estudiamos, en el fondo prevalece la justicia negociada en la que de una u otra manera la conciliación y el restablecimiento de la cordialidad en las relaciones sigue siendo el elemento primordial de la solución del conflicto y no la determinación de la culpa para establecer una sanción. (Adonon, 2006: en prensa)

Los retos de la antropología jurídica en el estudio del derecho 

El primer reto que se presenta es el reconocimiento de una matriz cultural subyacente a toda filosofía o pensamiento jurídico, incluyendo al racionalismo jurídico, que es la base del referente
jurídico actualmente dominante. De este modo los sistemas, pensamientos jurídicos etc. Deben abordarse analíticamente sin sobre valorar unos en detrimento de otros.
Otro reto lo constituye el que todo encuentro intercultural, supone una situación fundamental de pluralismo, y las sociedades actuales están cada vez más expuestas a dicho fenómeno, es, en el
mejor de los casos ingenuo, pensar que un referente jurídico, por dominante que este sea, es capaz de abarcar la totalidad las experiencias jurídicas humanas. Esto nos demanda creatividad en
la solución de los conflictos generados por dicha coexistencia de diferentes referentes jurídicos y sobre todo mucho respeto en la comprensión de las lógicas subyacentes.
Si bien no se puede ya poner en duda el pluralismo jurídico como realidad palpable en el estudio de los fenómenos jurídicos, otro gran desafío de la antropología jurídica es el da sentar las bases de un paradigma jurídico de la post modernidad afín de replantear los fundamentos mismos de nuestro pensamiento jurídico y de no seguir sofocando la diversidad de los fenómenos jurídicos
en visiones etnocéntricas del derecho.


BIBLIOGRAFIA


Adonon, Akuavi, 2006, “Justice et oralité : Le fonctionnement d’une justice négociée”, en Cahiers d’anthropologie du droit 2006, Paris, Karthala. (En prensa)

Alliot, Michel, 1983, “Anthropologie et juristique. Sur les conditions de l’élaboration d’une science du droit”, en Bulletin de Liaison du Laboratoire d’Anthropologie Juridique de Paris, n° 6, pp. 83-117.

Collier, Jane F., 1995, El derecho zinacanteco. Procesos de disputar en un pueblo indígena de Chiapas, México, CIESAS, Universidad de Ciencias y Artes del Estado de Chiapas.

Eberhard, Christoph, 2002, “Derechos del hombre y diálogo intercultural”, en Identidades culturales y derechos humanos, Instituto Internacional de Sociología Jurídica de Oñate, pp. 255-289.

Le Roy, Étienne, 1999, Le jeu des lois. Une anthropologie «dynamique » du Droit, París, LGDJ, Col. Droit et Société, Série anthropologique.

Nicolau Coll, Agustí y Vachon, Robert, 1996, “Etnicidad y derecho: un enfoque diatópico y dialogal del estudio del derecho y la enseñanza del pluralismo jurídico”, en Etnicidad y derecho.
Un diálogo postergado entre los científicos sociales, México, Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, Serie Cuadernos del Instituto, pp. 267-290.

Sierra, Teresa, 1988, “Las conciliaciones indígenas”, en México indígena, año IV, nº25, 2ª Epoca, México, Instituto nacional indigenista, pp. 47-51.



Dra. Akuavi Adonon Viveros - Laboratorio de antropología jurídica de París 1, Panteón-Sorbona



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